domingo, octubre 1

Me detengo. Lluevo.


“Mátame” te dije y tu respuesta no fue otra que esa cara de extranjero que solías poner ante las cosas que te causaban indeferencia. Y es que no fuiste capaz de comprender que yo no podía morir en otros que no fueran tus brazos, aunque cientos de otros brazos en el mundo me sostuvieran de la forma más dulce y más perfecta, la última imagen que hubiese querido ver al abandonar este patético e inhóspito mundo –ahora sin ti- era la tuya.

Mi presencia entera, medianamente armónica se ha transformado en una falacia, en una efigie original sin precedente que se refleja en lo demás y se empapa de aquello. Todo por la falta de sorpresas, de ironías que cualquiera fuese su contenido terminaban por convertir todos los tiempos en uno –pasado, presente y futuro- en el desborde del corazón que de lleno se quejaba, que te contenía, te extrañaba y de vez en cuando te buscaba en la esquina del mundo desgastado, en esos lugares costosos en donde siempre que pasas dejas algo valioso desconociendo que jamás te será devuelto. “Jamás me fue devuelto” … desde mis pies el escalofrío que ha de recordarme mis culpas, mi cadena perpetua por el crimen de pactar ilícitamente una infinidad de joyas a cambio de piedras y rocas.

Entre lo literal y lo metafórico, escribo y mis manos angustiosas me cubren de vez en cuando la cara quizás por la vergüenza atroz de haber permanecido viva aún hasta hoy después de haber perdido aquella muerte, aquella muerte de sonrisas precedida por varios episodios perdonados, llorados, en los que nunca pude amarte menos. Por la vergüenza atroz de amarte un poco más de lo que tú, el orgullo y el tiempo me han permitido.

Pese y sobre todo lo anterior, sobre mi misma y mi ánimo de besarte o morderte los hombros, despertar contigo, despeinarte, susurrarte cualquier cosa sin importancia, llorar y llorarte… desprecio cada paso que das que en lo concreto no escapan de tu inestabilidad, tu cara de amarme al tiempo que mentías, tu cara de mentirme al tiempo que amabas, tu cara de mañanas, de tardes, de noches. Desprecio nuestras bromas, nuestras cervezas y caminatas bajo la lluvia, nuestras desventuras, gritos y reconciliaciones, nuestras conversaciones profundas y superficiales, abrazados, alejados, conectados por los azares, las estrellas, tu necesidad, mi amor.

Y así es. Así debió ser. No es más que la cadena alimenticia y sus jerarquías. Vivo, porque no escuchaste. Vivo, porque espero tu golpe certero que tarde o temprano ha de proporcionarme el final feliz. Ese que estipulamos, soñamos y nos prometimos.
Perdón por descubrirme y caer.

martes, septiembre 19

Es hoy.


Un peligro inminente me roza los dedos
distraída, rehuyo de aquel dolor adictivo
rehuyo del sonido de tus pasos cada vez más ténues
ligeros, profundos, moribundos.
Y es que ibas y venías con locos anhelos
con el sin sentido de la vida y el mundo en el bolsillo
Ahora, soy quien reniega del egocentrismo
de la enajenación, de los árboles .. tu pasar cantante, sutil.
Las eternidades, los infinitos, los ocasos,
me parecen asunto de niño malcriado, de niña malcriada
y sé, pronto, que las cosas no empiezan en uno mismo
no somos dueños de límites ni fronteras
menos de la palabra magna, menos de aquella palabra.
Las cosas no empiezan en uno mismo
más bien se envuelven en las siluetas, en los pantanos, en los océanos ..
en los malditos océanos.
Me amenaza la garganta y las entrañas
éste que me roza los dedos.
Y creo malinterpretar todas las señales de humo de mis ancestros
sobre todo porque desaparezco, me desvanezco,
me derrito y mi imagen se asemeja a aquellos charcos que inundan la capital en días de lluvia
Y creo malinterpretar cualquier escrito de origen egipcio -quién sabe-
en el que antes descifraba tus labios posados en mis múltiples mundos.
El peligro de vivir ciertas mañanas, tibias
y que en el pasar de las horas vaya perdiendo el aliento
para morir presa de la noche, fría.
El peligro de degollarme con las cuerdas de una guitarra
mientras tu voz se pierde en el silencio de todas las palabras juntas y condensadas.
Y su abrazo me provoca la más sincera de mis muertes
la única que ha podido escapar tanto de la lástima como de los aplausos
opacando al cinismo que se instala sucediendo nuestro fin.
El peligro de que esta vez las cosas comiencen en mi misma
de no saber cuándo debo sobrepasar el roce de los dedos
para sucumbir finalmente -y como siempre, y como nunca-
en el aliento de ese beso .. tan nuestro.
¿Me quedo?

sábado, agosto 19

Sin prisa...


Sobre mi epitafio clavo palabras
Ácidas, agrias, como ese cáliz que impuso mi fin
Fui pasión, impulsos rojos, furiosos
Fui fortaleza, alegría, amor por todo.
Y por más que traté no pude entender
Por qué lo más infinito terminó por envenenarme
Por qué me cansé de sentir, de sentir para nadie, para nada.

Ardieron mis manos,
Y se materializaron en frente de mis ojos, burlándose
Todos mis miedos y fobias
Todos los temores y caídas que no se cumplirían
Se posaron ante mí, sobre mí.

No recuerdo si regalé o perdí mis cosas
Maldita memoria, maldito pasado
Qué esquivos transitan hoy por mis pestañeos
Parece cómo si nunca hubiese nacido,
Cómo si nunca hubiese besado,
Nunca… nunca desperté acompañada en las mañanas
Siempre he estado a la deriva, con mis breves estados de sueño prolongado.

He estado quieta, sentada y muerta
Por más de mil infinitos años
Desde que caí del cielo, de mi cuna nubosa
Ni la belleza ni el júbilo han decorado mis días

Llevo la marca del que ama sin consuelo
El sabor del insípido veneno
La pasión derramada en etéreos pasos
El perdón que no tuve, que no di
Pero nadie lo puede ver,
Nadie me ve.

Sobre mi epitafio derramo lágrimas
Que no alcanzan a caer,
Se diluyen,
En todo lo que soy, en todo lo que fui.