sábado, abril 21

Pretexto

Si hubiese tenido un plan siquiera, para cuando llegara este momento...
Sé que he bañado tantos episodios ya, de malgastada melancolía
de derrochada nostalgia rota, que viene de la inercia, de lo inerte...
Y me pregunto constantemente
¿cómo luchan los hombres?
¿como aman los hombres?
¿cómo aceptan la prepotencia de la muerte?
¿cómo enfretan la ignorancia?
Cómo es que esto burdos, asesinos y ancianos hombres
han vivido la vida.
Pues, yo sigo, como si fuese un minucioso trabajo
que soy incapaz de abandonar,
cubriéndolo todo de angustias nostálgicas, melancólicas.
Sigo, tenazmente, preguntándome a solas en la noche
¿Cuál es ese plan, cuál es ese plan que nunca tuve?
¿Cuán cierto es el día que me muestran mis ojos en las mañanas?
Yo me imagino el mundo y a través de la imaginación lo exploro
cierro los ojos y me atrevo a todas esas cosas que siempre he querido hacer
me siento en una nube y salto de ella
almuerzo con mounstros obcenos con camisa
escribo sobre el sonido de una trompeta, mi risa
duermo en tus brazos al alero del universo y sus estrellas
habito el ala de un ave en medio de la tormenta más fría
y me absuelvo de todas mis culpas terribles corriendo desnuda
por montañas, valles y el mismisimo mar infiito....
Pero abro los ojos y ... ¡Vaya!
nada he resuelto, nada he planificado
un mundo infame por redescubrir
un alud de barro sobre mis sienes
y el odio de mis miedos confrontados a mis amores.
Las preguntas,
el sinsabor, el agraz
el momento que llega sangrando en dolor
y el nefasto pretexto de sentir, con este vacío,
lo que uno siente al morir.

lunes, diciembre 11


Son tantas y tan punzantes, terribles e inquisidoras las cosas que esta noche de insomnio quisiera escribir... que estas simples letras del teclado se vuelven pequeñas e insignificantes frente a mí, bajo mis dedos, débiles.
Me quedo con la garganta llena y con un nudo umbilical sin corte entre mis emociones y su expresión. Esta maldita pornografía de la conciencia. Me quedo, como siempre, contenida en mí misma, sin que nadie me vea, me descubra y me sacuda.
Ya no sé si son más irreales mis uñas doradas o mis ganas de secarme estrujada por tus dientes.
Esta madrugada me pierdo. Y una voz me advierte que no será la primera vez.

viernes, diciembre 1

Y camino...


Aquella, fue la última vez que cerré tu puerta.

Sabía, aunque nada me habías dicho, que los higos que comiamos juntos se secarían en el asfalto caliente de tu patio, se secarían en adelante sin jamás volver a deleitar nuestros paladares. En mi veloz retirada, de tu cama, de tus calles, recordé la frazada a cuadritos, los deseos locos de tocarnos, de descubrirnos a diario, era una aventura enamorarme al menos una vez al día de algo tuyo-mio que antes no había reparado en percibir.

Reviví, con un dejo de rabia hacia ti, aquella complicidad que nos caracterizaba. Eso de saber que había ciertas cosas que sólo tú entendías y que ahora tendría que suprimir de mi comportamiento, que había palabras que no podrían existir en otro diccionario que no fuese el nuestro. Olores, sabores y lugares tan impregnados por nuestra atmósfera que el más mínimo contacto con ellos, hoy, me dejaría sin aliento.

Pensé en el futuro arrebatado y perdido, ese que escribimos de mil colores, tan en el aire, tan efímero, tan cruel. Tan cruel que los hombres podamos soñar e inventar el futuro, imágenes, casas, viajes, besos. Porque no sólo sufrimos en el presente la falta de lo perdido, de un pasado que quisiesemos volviera, no es lo único que duele. Duele el futuro aplastado, incierto... vacío. Duele tener que rellenar tantas imágenes en que ahora faltas.

Sabía que te irías. Sabía que me iría. Pero nunca pensé que aquella mañana cerraría tu puerta por última vez. Habría lamentado más el sonido de mis pasos alejándose de tu ventana, habría dejado un besos más hondo en tus labios, habría dejado mi marca más profunda en tu alma.

Pero caminé, cotidiana, recordándote, reviviéndote, pensándote, como solía hacerlo todas las veces que tras tu puerta te quedabas, dulce, soñando conmigo.